En el rincón más remoto del Chaco boliviano un pueblo guaraní desafía la civilización occidental.

Por Sandra Weiss

Nunca nadie importante ha llegado alguna vez a Tentayape, a este poblado perdido en el rincón más remoto del Chaco boliviano. Distante a doce horas de viaje de las ciudades provinciales de Santa Cruz y Sucre. Allí, donde alguna vez el Che Guevara quiso llevar la revolución – y encontró la muerte heroica porque nadie quiso acompañarlo. Incluso el pueblito más cercano, Igüembe, está a cuatro horas de viaje. Sobre calles llenas de baches hay que cruzar 63 veces el mismo rio, el Igüembe, hasta poder llegar a Tentayape. Si es que uno no se queda empantanado en las arenas traicioneras. Y si el rio no viene con demasiada agua. Nadie asumió esta tarea, ningún alcalde, ni gobernador, ni diputado. Y eso estuvo bien así. ¿Finalmente ellos no huyeron hacia estos lugares para retirarse del mundo, del estrés, del consumo y de las mentiras y engaños?

Perojustamente ahora se ha anunciado el propio presidente de Bolivia, Evo Morales. Fue una idea loca del Capitán, el líder de la región, invitar nada menos que justamente al Jefe de Estado conjuntamente con el equipo de futbol presidencial para los torneos anuales de Tentayape. Allí, donde ni siquiera viene el equipo del pueblo vecino.

¿Finalmente ellos no huyeron hacia estos lugares para retirarse del mundo, del estrés, del consumo y de las mentiras y engaños?

Yariguira Cañani no fuma, al menos no mucho, pero ahora tiene deseos de fumar un cigarrillo. El hombre fornido con cinco pelos en su bigote incipiente, martillea nerviosamente con sus dedos sobre la consola, mientras su mirada se  fija en la huella sobre la que avanza el camioncito decrépito. A ambos costados van pasando los matorrales espinosos y los precipicios profundos con sus ríos fangosos y marrones en el fondo. Pero Yari, como lo nombran todos, ahora no tiene ojos para el paisaje . El capitán le ha dado una orden que tiene que cumplir. Esos son los principios férreos de los indígenas guaraníes: ser diligentes, no robar, no mentir, obedecer a los ancianos. Incluso si la tarea pareciera ser algo extraña: conseguir  un inodoro  para el presidente.
 

No es una tarea fácil, ni siquiera para Yari, el ayudante del Capitán, que sabe lo que es un inodoro porque vivió durante nueve años en la ciudad donde asistió a la escuela secundaria. En tres días vendrá el presidente, y en Tentayape no hay inodoros. Como muchas otras cosas que no existen. no hay electricidad, no hay escuela, no hay puesto de salud, no hay iglesia. Tentayape significa "la última casa", y eso es literalmente así. Es lo que queda del orgulloso Imperio Guaraní que alguna vez se extendiera sobre grandes regiones de Bolivia, Paraguay y Argentina. Es el último rincón  en el cual la cultura milenaria aún se opone a la civilización occidental. Sus antepasados ​​fueron llevados a las reducciones jesuíticas donde eran convertidos al cristianismo y a la vida sedentaria. Los jesuitas ofrecían protección contra los abusos de los conquistadores españoles a cambio de  fé y adaptación. En los años 30 del siglo 20, Bolivia y Paraguay se involucraron en la Guerra del Chaco, una masacre por el honor, por el acceso al mar y por un pedazo de tierra. Como los criollos, hijos de la clase alta local, no querían ir a la guerra, se obligó a los guaraníes a convertirse en combatientes para la guerra. Ocurrió a ambos lados de la frontera, ni ellos mismos  sabían si en realidad eran bolivianos o paraguayos. Como carne de cañón cayeron en una de las guerras más sangrientas de Sudamérica. También el padre del Capitán, Bacuire Guarindú, fue incluido en la lista de combatientes junto con su comunidad. Pero como no vio sentido en la matanza entre hermanos, huyó con algunas familias a esta remota tierra, donde con seguridad nadie lo encontraría.

En este medio hay mucho tiempo para hablar, para estar en silencio, para masticar hojas de coca y para beber el extracto del maíz fermentado, la Chicha.

Y justo ahora viene el presidente a esta tierra de nadie. „Una cervecita no vendría mal“, murmura Yari secándose el sudor de la frente con una toalla descolorida con la imagen impresa de un Jaguar. Mira de reojo al conductor. Este solo niega con la cabeza. Es un gesto casi impercebible, , algo habitual en los guaraníes. Gestos grandilocuentes no son su fortaleza. El conductor no tiene nada, y hasta el próximo asentamiento aún falta por recorrer un largo trecho. Son las once de la mañana y el sol quema implacablemente la tierra colorada, cuyo polvo fino cubre el camioncito blanco como si fuese azúcar impalpable rojo.

 

Los 600 habitantes viven dispersos en las 20.000 hectáreas. En casas de barro con techos de paja, escondidos en el sotobosque sobre ambas márgenes del rio.

Si uno no supiera que allí viven personas, ellas pasarían totalmente desapercibidas, tan mimetizadas están con la naturaleza del entorno.

 

Viven como antaño lo hiciera el viejo Bacuire, en 120 familias extendidas, todas emparentadas. Las mujeres envueltas en largos y coloridos vestidos, los hombres con sus largos cabellos trenzados, que puestos en paños, se los atan sobre la frente. Se levantan con la salida del sol y se van a dormir con la puesta del sol al igual que sus gallinas, que para su descanso nocturno se buscan un lugar en los árboles. En este entorno, hay mucho tiempo para hablar, para estar en silencio, para masticar hojas de coca y para beber el extracto del maíz fermentado, la chicha. Las mujeres muelen el maíz a mano y trillan los frijoles con palos de madera para luego separar la paja de los granos de judías en tamices de caña. La vida de las mujeres gira en torno a los niños, la casa y la cocina. Los hombres se ocupan de los animales, la leña y las plantaciones.

Es una vida frugal. "Cultivo mis porotos, mis cacahuetes y mi maíz y sé que puedo alimentar a mi familia durante todo un año", dice Yari. Tiene 36 años, está casado con una de las hijas del Capitán y tiene tres hijos. "En la ciudad, tienes que preocuparte cada día por ganar dinero suficiente, y luego en una compra se te va todo", cuenta por experiencia propria. Y además están el ruido, la prisa y los ladrones... No, eso no es vida para él. Por eso regresó. En su pueblo, no hay violaciones, no hay divorcios, y los niños pueden reír y jugar todo el día, porque no hay escuela, "allí solo aprendes cosas que no son importantes y se siembra la discordia", opina el Capitán. Yari regresó a la aldea con un diploma, algo de dinero, ropa moderna, sin trenzas, con un reloj de pulsera y con un teléfono celular. Este no le ayuda para hacer llamadas telefónicas, porque en Tentayape no hay recepción, pero es algo así como un símbolo de status. Se pueden hacer fotos con el. Y cuando estás de viaje, no es del todo inútil. Porque Yari, que es estudiado y sabe hablar el español, viaja a menudo. Él es el enlace con el mundo exterior. Y es por eso que le encomendaron ahora buscar  el baño presidencial.
 

Las quebradas y las piedras rojas le dan paso a un hermoso y sombreado sendero de arena entre altos árboles. "¡Detente!" ordena Yari. "Allí está el tío". A lo largo y ancho no se ve a nadie. El "tío" es un hermoso árbol de hojas caducas ubicado en el límite del territorio libre guaraní, y hay que pedirle permiso si se pasa por aquí. Yari echa unas hojas de coca, pone un cigarrillo encendido en el tronco del árbol y murmura algunas palabras rituales en guaraní. El dios Guaraní Tupa es bueno, pero sus asistentes, los Iyas, que se ocupan de las cosas importantes como el agua, el sol y la fertilidad, son criaturas caprichosas que los humanos deben mantener de buen humor. Por ejemplo, pagando un peaje. O con rezos cuando ya nada más funciona. Así pasó  con la construcción del acueducto, gracias al cual cada familia guaraní tiene agua limpia en su casa durante todo el año, proveniente de una vertiente en las altas montañas. Hay agua incluso en la estación seca, cuando el río se escurre por debajo de la superficie. Al principio, el Iya responsable les hizo muchas bromas, las tuberías explotaban, el agua no descendia de  la montaña, pese a que los ingenieros recalcularon sus fórmulas más de tres veces y sacudían sus cabezas. Hasta que el hechicero se hizo cargo del asunto y ofreció algunas oraciones y sacrificios al Iya juguetón. Desde entonces funciona. La instalación del acueducto fue una gran cosa. Se debatió en interminables reuniones con los hombres blancos. Porque el manejo del avance de la modernidad es una pregunta existencial para Tentayape. Los guaraníes quieren gobernar el progreso, no ser sus esclavos.

"¡Detente!" ordena Yari.

"Allí está el tío".

A lo largo y ancho no se ve a nadie. El "tío" es un hermoso árbol de hojas caducas ubicado en el límite del territorio libre guaraní

A los guaraníes, la sequía les depara más problemas que la lluvia. En la sequía se marchitan el maíz y los frijoles, se tienen que vender los animales o hay que ir a buscar trabajo en otros lugares para no morir de hambre. Algunos trabajan cuidando el ganado de los terratenientes vecinos de Tentayape. O van a las compañías petroleras. Porque debajo del territorio arbustivo y espinoso hay guardados millones de metros cúbicos de gas. Y eso crea ambiciones. Las compañías petroleras extranjeras que tienen el conocimiento de cómo extraer el gas quieren su parte de la torta, como también el estado, que necesita dinero para financiar sus programas sociales y de infraestructura en el país más pobre de América del Sur. Y Brasil y Argentina quieren el gas para que impulse sus economías en crecimiento. Sólo los guaraníes de Tentayape no quieren saber nada de explosiones de dinamita para la explotación de petróleo, de oleoductos y perforaciones. Es por eso que lucharon varios años para obtener los títulos de propiedad de sus territorios comunitarios y para que sean declarados "patrimonio cultural nacional", es por eso que viajan con mayor frecuencia a Igüembe para averiguar si no pueden declarar a su pueblo como  "República Autónoma Guaraní". La nueva constitución, inspirada por el presidente Evo Morales, establece la posibilidad de tales Estatutos de Autonomía.

Después de dos horas de viaje para los casi 30 kilómetros, Yari llega a la modernidad. Los senderos pedregosos dan paso a un ancho camino de ripio, con drenaje y un montón de señales de tráfico. "Manténgase a la derecha", "Velocidad máxima 50 km/h". En la esquina inferior derecha de los carteles está el logo "Donación de Repsol/YPF", que es la concesionaria del campo de gas Margarita. El teléfono celular de Yari ahora recibe llamadas, y mientras vemos pasar por la ventana las escuelas, los campos de fútbol y el aeropuerto - "Atención de Repsol"- Yari anuncia su llegada por teléfono al responsable de comunicaciones comunitarias de la empresa Techint, la encargada de  colocar los gasoductos.

Le guste o no a Nanité, la civilización está invadiendo la comunidad en forma imparable.

Y empuja y roza contra los valores de la cultura de los guaraníes que no quieren perder su identidad.

Oscar Funes es argentino y vive desde hace un año y medio en el inhóspito Chaco, en los edificios prefabricados con celdas húmedas, carpas con aire acondicionado y un baño comunitario. Está de buen humor, porque el proyecto se ha llevado a cabo sin grandes problemas, y pronto se le permitirá volver a su casa. Él recibe atentamente a los delegados guaraníes. "¿Qué necesitas?", pregunta jovialmente. Le gusta la gente de Tentayape. Con ellos no hay problemas. El oleoducto no pasa por su territorio, y los 20 hombres que fueron contratados de allí son muy trabajadores.

En Repsol se piensa de otra manera sobre Tentayape. La compañía de energía española había enviado una delegación a la aldea hace algún tiempo y luego envió un documento al Capitán para que lo firme. "Solo una confirmación de que estuvimos aquí y hablamos", dijeron. El Capitán, casi ciego e incapaz de leer y escribir, puso su huella dactilar bajo la aprobación de los trabajos de prospección petrolera. Cuando los primeros sismólogos llegaron y comenzaron con las explosiones con dinamita, la excitación fue grande - pero legalmente los guaraníes no tenían nada en la mano para impedir las obras. Una delegación viajó a La Paz e hizo presencia ante el Presidente.
 

Evo Morales es indígena del altiplano y entiende las materias primas como la base del desarrollo de Bolivia. Pero su instinto político le aconsejó solidarizarse con los indígenas de las tierras bajas. Y como agradecimiento, fue invitado a jugar al fútbol. "Ya hemos hablado de eso, y como sabe, el presidente viene con una gran delegación, y no es fácil para nosotros...", empieza Yari en voz baja y apenas se atreve a mirar a Funes. En su comunidad, él es respetado y acostumbra  tomar la palabra. Pero estar aquí, en el campamento petrolero, pidiendo favores a otra persona, no le gusta. "¿Tienes una lista por escrito?", pregunta Funes. Yari asiente con la cabeza y le entrega una hoja de papel escrita a mano. Funes examina lo escrito, habla por teléfono y coloca un sello debajo del papel. "Tengo combustible para vuestro autobús, sillas, mesas, camas y colchones que puedo prestar, pero desafortunadamente no tenemos tiendas de campaña", dice Funes. En su escritorio, se acumulan pilas de papeles como el de Yari.

"Solo una confirmación de que estuvimos aquí y hablamos", dijeron. El Capitán, casi ciego e incapaz de leer y escribir, puso su huella dactilar bajo la aprobación de los trabajos de prospección petrolera.

Las compañías petroleras son los reyes en esta zona olvidada. Las comunidades de la región quieren escuelas, campos de fútbol, ​​salones comunitarios, puestos de salud, materiales de construcción para sus casas, pozos de agua. El camino y la electricidad llegaron automáticamente como contraparte de la inversión extranjera. Todas estas cosas que el estado no hace, las compañías transnacionales las registran como factura de gastos. Es una inversión social a cambio de la calma, y ​​todos están satisfechos. Solo Yari aún no.
 

“¿Y el inodoro?”  pregunta suavemente. "Bueno, tenemos algunos, pero no están completos, les falta la cisterna de agua", dice Funes. A Yari le brillan los ojos. Él de todas maneras quiere llevarse el inodoro. La tarea es la tarea. Y se ponen de acuerdo, "En el camino de vuelta pasamos a buscar todo“. Mientras tanto se hicieron las dos de la tarde y la sed es grande. "Aquí paramos", decide Yari, a la vera del camino, al lado de una pequeña casita cubierta de polvo. Aquí vive Fabián, elcurandero. Se saludan con un apretón de ambas manos y un abrazo, luego mascan coca y vacían una, dos, tres latas de cerveza antes de que Yari vaya al grano. Así son las costumbres. Fabián queda cordialmente invitado a la visita presidencial. Y si no le importa, estarían muy interesados en su ayuda espiritual, porque el presidente viene a un partido de fútbol, ​​y los Once de Tentayape necesitan algún apoyo contra ese equipo poderoso. . Fabián sabe de qué se trata, pero primero se queja largamente de que los hermanos de Tentayape no lo hayan visitado durante tanto tiempo. Luego quiere saber quiénes serán los que juegan y en qué condiciones se encuentran, y luego tienen que negociar un precio. Pero para que funcione la magia, se necesita aún el tinte  de una planta medicinal. Yari se despide con esta nueva tarea.

Es una inversión social a cambio de la calma, y ​​todos están satisfechos. Solo Yari aún no.

Finalmente,  a las cuatro de la tarde, llega a Palos Blancos, un nido polvoriento de no más de 100 habitantes. Primero va a comer, luego viene la lista de compras: azúcar, fideos, aceite de cocina, sal, queso, cerveza. Hasta que termina con todo, el sol ya se está poniendo y Yari tiene que comenzar el viaje de regreso en la oscuridad. En el camino se detienen nuevamente frente a la casa del sanador para la ceremonia de invocación, donde las fórmulas guaraníes, el aceite con las esencias frotadas entre los dedos, diferentes semillas y hojas y las imágenes sagradas juegan un papel importante. Luego, en los campos petrolíferos cargan las sillas, lavatorios y el inodoro. La noche esta helada y estrellada. Y mientras el conductor se detiene en el camino una y otra vez para orinar detrás de algún árbol o para cargar o descargar pasajeros y mercaderías del camión, Yari comienza a hablar. Habla de la ciudad, de la discriminación que le ha llevado a cortarse las trenzas, de su desgarro entre la modernidad con sus comodidades y la vida tradicional con su seguridad. "En nuestra comunidad, el Capitán decide nuestro destino, pero él no conoce el mundo allá afuera y hay muchas cosas que él no llega a entender, no consigue dimensionar las consecuencias", dice.

 

Así como la cuestión con el teléfono. Fue una larga lucha, y no fue hasta que alguien de la comunidad enfermó tan gravemente que ni el sanador pudo ayudar, que el capitán vio la necesidad de comunicarse con el mundo exterior. Entonces llegó una cabina telefónica a Tentayape, alimentada con energía solar y que se instaló directamente frente a la cabaña del Capitán. Solo él recibe las llamadas entrantes. Con él está también la radio para comunicarse con el asentamiento de Los Sotos, que está aún más allá, y él determina el uso de la única escopeta en el pueblo, que cuelga sobre su cama. Nunca se ha usado, los guaraníes son personas pacíficas, en las que incluso las golpizas son raras, y casi nadie nunca levanta la voz. Pero algún día, esta arma antigua podría llegar a ser útil. Quien sabe. i Cuando vengan las compañías petroleras, quizás sirva para asustarlos.
 

Poco a poco, Tentayape entró a la modernidad. Al agua potable, al teléfono, la radio y al pequeño camión le siguió el plástico. Ha llegado en muchas formas diferentes. Botellas, latas, lonas y bolsas que están reemplazando lentamente a las vasijas de calabaza y de barro. La última adquisición de la civilización occidental son los cochecitos para bebes. Fueron traídos por quienes trabajan en las compañías petroleras o, a veces, por las mismas personas de la comunidad que van al pueblo a vender su maíz y sus animales. Le guste o no alos mayores, la civilización está invadiendo la comunidad en forma imparable. Y empuja y roza contra los valores de la cultura de los guaraníes que no quieren perder su identidad. " el ritmo con el que se adopten las innovaciones es crucial", dice el sociólogo Edgar Sánchez. "Sería deseable que ocurra a una velocidad lo suficientemente lenta como para que el guaraní pueda incorporar y re-significar las innovaciones con su cultura y sus valores sin perder la esencia de su cultura, la generosidad, la fraternidad, la paz, los lazos familiares." Esa fue la tarea que el viejo Bacuire le inculcó a su hijo Guayari. El Capitán flaco y silencioso, que  esconde su casi ceguera detrás de sus oscuras gafas de sol.

"En nuestra comunidad el Capitán decide nuestro destino, pero él no conoce el mundo allá afuera y hay muchas cosas que él no llega a entender, no consigue dimensionar las consecuencias"

A la mañana siguiente, descargan el camión. Y ahí quedó el inodoro, parado frente a la casa de barro del Capitán,  un artefacto blanco brillante sobre el suelo de arena. El jefe supremo lo mira detenidamente . Mientras tanto, va llegando la vanguardia de la visita Presidencial, una delegación del gobernador, una del alcalde, representantes de la Cruz Roja y un diputado guaraní. Todos tienen algo que aportar. "La cisterna faltante podría ser reemplazada por baldes de agua", dice uno. Luego se discute el mejor lugar para instalar el inodoro."El presidente seguramente no cruzara el rio para ir a la casa del Capitán, de seguro se quedara cerca de la cancha de futbol” es otro aporte a considerar. "Pero entonces tendríamos que hacer una conexión de agua nueva desde la línea principal que está lejos". "El cemento no se secará lo suficientemente rápido, y el inodoro no va a quedar bien estabilizado y el presidente podría perder el equilibrio”, advierte un tercero. Un delegado de la Cruz Roja propone la construcción de una letrina seca y garabatea el plano con un palo en la arena. El Capitán escupe en forma sonora saliva verde gruesa al suelo que son los restos de la bola de hoja de coca que mascaba y guardaba en el cachete de su boca. Él habla brevemente con el asistente de albañilería, responsable por la instalación y toma la decisión: El inodoro no será instalado.

 

A cambio, se construirá una letrina para el presidente. Yari no se inmuta. Él ha cumplido su misión y eso es lo más importante. Aunque secretamente sabe que los Karai, los blancos de la ciudad, se van a burlar del atraso de su pueblo y van a estar hablando de ineficiencia. El Capitán tiene cosas más importantes que decidir hoy: cómo se debe organizar la recepción, quién debe decir qué cosa y en qué momento. La reunión empezó a las doce en punto, con el sol en su cenit. Ya es la una, y siguen sentados alrededor de la pequeña mesa de madera delante de la casa de Capitán, con el estómago vacío, debatiendo  lo que podría pedirse al presidente. "Ha habido mucha sequía aquí en los últimos años, quizás un sistema de riego podría llegar a ser útil", dice el delegado del gobernador  buscando aprobación. El capitán se sienta a su lado y no dice nada. A las dos de la tarde finalmente llegan los ancianos, seguidos por un grupo de hombres y adolescentes más jóvenes, y la sesión puede comenzar. Después de un debate de una hora y media, queda claro que solo el Capitán y el capitán del equipo de futbol hablarán. Y que se le pedirá al presidente que done una porción contigua de tierra estatal, porque allí descansan los restos de un gran antepasado de Tentayape. La idea proviene de Nanité. Del riego no habló nadie. Pero al menos, incluso antes de que oscurezca, quedo terminada la letrina de madera bajo supervisión del delegado de la Cruz Roja. El enviado del gobernador la mira con admiración. "Uno tiene la impresión de que todos solo están hablando, pero las cosas suceden", dice sorprendido mientras observa la obra, bañada en los últimos rayos de sol. Para una pared que diera  privacidad a su futuro usuario,  ya no hubo tiempo.. Pero eso no parece molestar a nadie. La esfera privada entre los guaraníes es mínima, sus casas están abiertas hacia el frente.
 

Finalmente llega el gran día. Ya antes del amanecer las mujeres se ponen a cocinar maíz y frijoles alrededor del fuego. Asan estacas con carne y al mismo tiempo encuentran espacios para maquillarse, tejer flores con cintas de colores y atárselas en la frente y vestirse con pesadas cadenas de perlas de vidrio y monedas. El teléfono solar suena en forma estridente. Es una llamada del palacio presidencial: Evo Morales está impedido y lamentablemente no podrá venir. Poco antes, había inaugurado la nueva planta de procesamiento de gas en los alrededores del campamento de Margarita y conjuro su alianza con Repsol-YPF. El Capitán comunica las noticias a los presentes con una expresión inmóvil. Un revés político.

"El cemento no se secara lo suficientemente rápido y el inodoro no va a quedar bien estabilizado y el presidente podría perder el equilibrio”, advierte un tercero.

"Uno tiene la impresión de que todos solo están hablando, pero las cosas suceden",

Pero los hombres y las mujeres están en son de fiesta. Ya desde el amanecer circularon los El partido de futbol se juega igual   ya que debe entregarse el bello trofeo dorado. Es así que dos equipos juveniles de Tentayape compiten entre sí. En algún momento llega el gobernador y trae cuatro pelotas de fútbol y nuevos conjuntos de camisetas, está feliz con la fiesta y promete lo que promete siempre y en todas partes: que él personalmente se encargará de lo que se necesite en Tentayape, una escuela tal vez o electricidad?

No, gracias, en realidad no se necesita nada, responde el capitán cortés y efusivamente. Y desaparece un poco más tarde detrás de los arbustos para hacer su necesidad. Como todos los demás. Nadie le presta atención a la letrina. El hermoso cuenco de porcelana blanca detrás de la casa del Capitán despiertael interés de los cerdos y las gallinas. Quizás algún día todavía pueda ser instalado. O encuentre un nuevo destino. Como una maceta, por ejemplo.
 


Este reportaje fue apoyado logísticamente por la Cruz Roja Suiza.