Por Sandra Weiss

 

Con caprichosas piruetas en el aire, la mariposa revolotea sobre los campos de soja. Son muchas hectáreas de un verde intenso, sembradas en surcos rectos y ordenados. A lo lejos se escucha el motor de un tractor rociando pesticidas para evitar el ingreso de hongos y plagas a los cultivos. La mariposa sigue su andar incierto, cruza el camino de tierra y se posa sobre los no tan simétricas guisantes de Don Anselmo. Los ojos del viejo y flaco cacique están cansados, pero la mariposa no le pasa desapercibida. El viejo para de trabajar, seca el sudor de su frente arrugada y se apoya sobre su asada con la que estaba carpiendo y aflojando la tierra roja y arcillosa de su chacra para sacar los yuyos. La comisura de sus labios se estira para permitir que aflore una sonrisa. Las mariposas coloridas son un buen augurio para los guaranís, porque según la leyenda, son el origen del arcoíris.
 

„Antes aquí había muchísimas mariposas, gatos monteses y venados” recuerda Anselmo Miranda. Antes todo era diferente en estas tierras fértiles del Este paraguayo. “Teníamos a nuestra disposición 150 kilómetros cuadrados y podíamos ir hacia donde quisiéramos” Antes había suficientes animales para cazar, suficientes frutas para comer, suficientes arroyos limpios para pescar. Todo lo que necesitaban los guaranís para una vida en plenitud. Desde hace siglos vivía así este orgulloso pueblo nómade que alguna vez reinaba sobre las grandes extensiones de América del Sur. Luego, vinieron los inmigrantes y colonizadores y comenzaron a alambrar potreros, cercar chacras y a talar árboles. Hoy el 80 por ciento de los bosques del este paraguayo desaparecieron, innumerables ríos se secaron y sobre las tierras fértiles prospera la soja hasta donde alcanza la vista.

“Teníamos a nuestra disposición 150 kilómetros cuadrados y podíamos ir hacia donde quisiéramos”

Quien quiere visitar a Don Anselmo en Jaguary debe pasar por el desierto verde. Un total de 2,8 millones de hectáreas, tres cuartas partes de las tierras agrícolas cultivables, están sembradas con este poroto rico en proteínas con el que se alimentan los animales en Europa y Asia. Un negocio multimillonario que está en manos de corporaciones multinacionales y de grandes terratenientes, muchos de ellos extranjeros.
 

A Don Anselmo no le gustan mucho los colonos extranjeros: “Traen discordia y destrucción” dice. Su comunidad se ha retirado cada vez más hacia el fondo de los montes, huyendo de ellos. Jaguary es el último remanente de selva donde viven hoy unas 120 familias guaranis. Para los que plantan soja se llama “Campo Nueve”. Lo codician. Su hambre no tiene fin. Siguen talando árboles para hacer cada vez más campos. Don Anselmo y su familia encuentran cada vez menos comida. “Por necesidad e ignorancia, también nosotros comenzamos a cultivar igual que los colonos, hacíamos roza, prendíamos fuego, plantábamos maíz, frijoles, mandioca”, cuenta Don Anselmo. Pero mientras los grandes terratenientes vecinos usan fertilizantes, soja genéticamente modificada, abonos químicos y pesticidas y con grandes maquinas realizan las cosechas, los campos sin insumos de los guaranís dan cosechas pobres. A veces, cuando el viento sopla en dirección de sus campos, los pesticidas envenenan a las gallinas, secan sus plantaciones y los niños se quejan de dolor de abdomen y de cabeza. Los pesticidas están concebidos para matar todo aquello que no tenga el gen modificado que da resistencia al glifosato. Todo menos la soja. “Ellos cada vez se hacen más ricos y nosotros más pobres” observa Don Anselmo.
 

Los indígenas son flojos y vagos y simplemente no saben cómo se cultiva la tierra de manera correcta, dicen los terratenientes en voz baja. “Nosotros somos un país rico con una mentalidad de mendigos“, opina el presidente de la asociación ganadera, Germán Ruiz en voz alta. “Uno debería enseñarles a los indígenas como se realiza la agricultura intensiva correcta para sacar más provecho de la tierra.” En la mentalidad guaraní no hay nada más lejano a este pensamiento. En su mundo, el ser humano y la naturaleza están estrechamente entrelazados y el hombre solo tiene prestado la tierra, no la posee.
 

“Ellos cada vez se hacen más ricos y nosotros más pobres”

Lilian, la sobrina de Don Anselmo, intuye esta contradicción existencial: “Yo creo que estos blancos no son realmente personas de buen corazón”, dice la joven de 16 años, mientras cocina un reviro de harina y manteca, con leña y en una olla negra cubierta de hollín, para alimentar a sus incontables sobrinos y sobrinas.  Además reciben un vaso de leche hecho a base de polvo industrializado.  Lilian apenas tiene 16 años, pero es una joven muy despierta. Es una de las pocas de la comunidad que asiste a la escuela secundaria, a una hora de caminata. Lilian se esfuerza para conseguir una beca para poder seguir estudiando una vez que termine. “Solo así se puede llegar a ser alguien en la vida”, afirma mientras limpia la boca al pequeño Efrain, que con avidez vació su plato y ahora quiere más. Pero la olla ya está vacía.  Lilian le ofrece un mate amargo. Don Anselmo contempla la escena y luego murmura: „Deberíamos organizarnos“.

„Deberíamos organizarnos“.

Don Anselmo sabía que les iba a pasar, porque le ha pasado a otras comunidades. Un día llegaron los terratenientes también por él y se pararon frente a su casa, en compañía de la policía. “Ellos agitaron un papel, un supuesto título de propiedad y dijeron que teníamos que salir de aquí”, recuerda el hombre septuagenario. “En aquellos tiempos estaba la dictadura y los grandes terratenientes tenían al gobierno de su lado” decía resignado. No obstante, Don Anselmo intentó reclamar el título comunitario ante el juzgado por 700 hectáreas. En 1982 comenzó el proceso judicial apoyado por la pastoral indígena. Hasta la fecha, el Superior Tribunal de Justicia no ha emitido un veredicto. Apenas la mitad de las comunidades indígenas paraguayas poseen un título de propiedad. Pero ni esto alcanza para frenar las expropiaciones sigilosas – así como sucede en Jaguary. Allí, después de una mala cosecha hace 7 años, las familias decidieron arrendar parte de su territorio, 120 hectáreas, a los barones de soja. Esto les da un ingreso de 1,8 millones guaraní (320 Euros) por año y por familia. La moneda paraguaya irónicamente tiene el mismo nombre que este pueblo indígena ancestral que nunca necesitó de dinero para sobrevivir. Ahora, ya ni los ingresos del alquiler de los campos les alcanzan.

Con el avance de la civilización también crecieron los deseos de los jóvenes de tener celulares, motocicletas, de vestirse con ropa de moda y de tener un televisor a color. Pero es una prosperidad engañosa: cuando más bienes de consumo poseen, cuando más ricos se sienten, más pobres son en realidad, desplazados por la soja y por la voracidad carnívora de Europa y del mundo. La soja aceleró el proceso de concentración territorial. 2.6% de la población paraguaya controla el 85.5% de las tierras.

 

Solo unos pocos, como Don Anselmo, son conscientes de esto. Con tristeza observa cómo cada vez más jóvenes se dejan emplear como jornaleros baratos o migran a las ciudades con la esperanza de convertirse rápidamente en personas ricas. Muchos tienen en sus casas televisores, reproductores de música, incluso camas, hasta algún generador de electricidad a diesel que les regalaron los terratenientes. Pero los colchones están húmedos porque llueve a través del techo de chapa, tampoco hay dinero para comprar combustible y llenar el generador. Son ruinas de una civilización ajena - mientras que la alimentación - la base de vida - va desapareciendo más y más. “Regalar migajas no es solidaridad”, critica el obispo Juan Bautista Gavilán de la diócesis de Coronel Oviedo.

Juan Báez presta otro tipo de apoyo. Este hombre de 54 años que además de ingeniero agrónomo es agricultor, sabe muy bien que los indígenas necesitan tiempo. “Tienen que entender que necesitan cambiar sus costumbres para que tengan alguna chance de sobrevivir” dice. En Jaguary, comenzó con un proyecto de reforestación. Don Anselmo y la comunidad le tienen confianza.  

Baez conversa con Don Anselmo sobre sistemas agroforestales, abonos naturales e agricultura ecológica. El anciano escucha con interés. Sobre todo cuando Báez comienza a contar sobre Tekoha Porá, la primera comunidad guaraní donde comenzó su trabajo hace 13 años. En ese entonces Tekoha Porá era un campo inhóspito con arbustos espinosos secos y suelos erosionados. Uno casi no puede imaginárselo viendo hoy al chaman Francisco Villalba, sentado delante de su casa de barro, a la sombra de los grandes árboles de mango y naranjos, tejiendo un canasto según la antigua tradición y tomando de vez en cuando un trago de su mate. “Si”, asiente con la cabeza, “así fue. Cada vez menos tierras, menos animales y más soja” – la misma historia que en Jaguary.

“Cada vez menos tierras, menos animales y más soja”

“El aún es pequeño, pero ya sabe de la importancia de proteger el monte. Es nuestro tesoro más grande para el futuro”

La desesperación llevó a los antiguos caciques, ya fallecidos, a ir a Coronel Oviedo, la capital de la provincia, donde habían oído de la iniciativa de una iglesia que ayudaba a pequeños campesinos. “Y a partir de ahí todo fue muy rápido”, recuerda Báez. Las 13 familias de la aldea ayudaron a construir piletas para criar peces, a armar cajones para las abejas del apiario, a plantar frutales y a abonar la tierra de cultivos con lupines, para mejorar el aporte de nitrógeno. Si antes los guaranís por necesidad tenían que salir a trabajar como jornaleros, ahora casi todos trabajan en sus propias tierras o con los peces.

 

"Los recién nacidos volvieron a ser más grandes, más pesados y más sanos”, observa el chamán, “además el bosque nos protege de los pesticidas que pulverizan sobre los campos de soja vecinos”. Su señora Graciela tiene una pequeña huerta con verduras y hierbas donde cultiva lechuga, tomates, repollo y donde crecen muchas hierbas medicinales y aromáticas. “Para decir la verdad confieso que nosotros primero teníamos desconfianza”, comenta Francisco. “Pero el resultado nos convenció totalmente y ahora ya no queremos trabajar de otra manera”, dice y observa a su hijo menor, Samuel de 6 años, como recoge y pela una mandarina del árbol. “El aún es pequeño, pero ya sabe de la importancia de proteger el monte. Es nuestro tesoro más grande para el futuro” dice Francisco.

 

 

Este reportaje fue elaborado por encargo de Misereor.